RELATO GANADOR

ALGUIEN 

Un lunes de marzo Yo fui una niña caprichosa. Siempre pedía más y más. Eso me decían mis padres "No como tu hermana, que siempre obedecía...". 

Otro lunes obligada a escribir para que las enfermeras se callen Aquí, en el hospital, todos quieren hablar sobre mi hermana. Su nombre, su muerte, toda ella, es un vacío que lo cubre todo. Ahora mi madre cocina casi cada día sus platos favoritos. Mi padre quería vender el caballo. Pero mi hermana murió y el caballo se quedó. Incluso muerta, incluso silenciada, incluso siendo pasto de los gusanos, mi hermana es la protagonista. Ellos nunca hablan de su tristeza, de su dolor. No, no hablan nunca de ella, pero toda su vida gira alrededor de su muerte. Cuanto más esfuerzo hacen en aparentar que nada ocurrió, más presente la hacen. Y más me asfixio yo. 

Otro miércoles en terapia de grupo Una chica ha dicho “Me pregunto cómo sería yo si dejara de pensar en las calorías”. Yo también me lo he preguntado. Ya no escucho nada más allá de la calculadora. Ya no siento miedo al dolor ni al silencio, sólo al cuerpo. 

Es jueves, marzo y me han traído deberes del insti Todos mis compañeros de clase han venido a visitarme, también Jorge, las vecinas, incluso mis primos de Valencia. Ahora que he sido bendecida con la palabra mágica existo. Anorexia. La verdad es que antes no sabía por qué la necesitaba. Pero ahora empiezo a verlo. ¿Acaso no están todos ahora dispuestos a mirarme? 

Un lunes de abril Mi abuela me decía que no le diera disgustos a mis padres, que bastante habían tenido ya. Ahora soy la enferma, la inmadura que no quiere curarse, la egoísta que hace más daño a su familia. Ahora, por fin, soy alguien. 

Viernes en el que me permiten usar la tablet, mayo "Por fin vuelvo a oír las voces dentro de mi cabeza" Phoebe de Friends nunca defrauda. ¿Qué dirían las voces de mi cabeza sin la calculadora? ¿Alguna vez tuve voces propias? 

Martes, frente a la bandeja con su primero y su segundo plato, su pan y su temido postre Antes comía. Poco, pero comía. Entonces terminé en el hospital. Y dejé de comer. 

Miércoles de mayo Que coma, me dicen. Come, y podrás salir, volver a casa. Ahora estoy lejos del vacío, de la tristeza innombrable, de la terrorífica responsabilidad de ser la hija que les queda. ¿por qué iba a volver a comer? 

Viernes, sin más Antes me importaban algunas cosas: el piano, mis amigos, el instituto. Pero me di cuenta de que nunca podría superarla, nunca podría competir contra ella. Ella no puede morir otra vez. Pero yo siempre puedo estar al borde. 

Por Iríada (Mª Ángeles Lidón Almedina) 

FINALISTAS

Aviones de papel

Miranda jugaba con aviones de papel arrojándolos a través de su ventana. Estaba preguntándose cómo es posible que personas hablen de una felicidad sin sonrisas. “La vida es imperfecta y por ello es maravillosa” - se repetía en la mente, sin comprender el mensaje. Sentía una fuerte curiosidad por esas palabras dichas por un señor envuelto entre mantas rojas y naranjas que había visto en Youtube. 

No podía concebir que las <<emociones negativas>> debían abrazarse. A lo largo de sus jóvenes quince años, lo que menos quería era sufrimiento; y tenía sentido porque así la habían educado: bajo reglas que relacionan el enojo y la tristeza con maldad y debilidad, y en consecuencia, sentir eso estaba prohibido. 

Se dirigió a su sala, vio a su madre hablando por teléfono de un corte de cabello que la hacía sentir vulgar. En su cocina, su padre veía las noticias en donde el presentador aseguraba que este año la economía del país iría peor. Ambas escenas eran trágicas para Miranda, ellos se encontraban de pésimo humor y con poca gracia para conversar con su hija. Regresó a su habitación y siguió jugando con sus aviones de papel. Tomó un avión y lo lanzó con mucha fuerza - “Si es que pudiéramos hacer que las emociones volaran como estos aviones de papel lo hacen: ligeros y siguiendo la corriente del viento” - pensó. 

Ella no había comprendido el mensaje del todo, pero a su corta edad parecía estar más cerca que los adultos que le llevaban el doble de años. 

Por Rosa en el desierto (Francesca Cecilia Ramírez Bontá) 

Inseparables

En el momento exacto en el que respiró el olor a limón, tomó la primera verdadera respiración del día.

 

El aroma llenó sus pulmones como un incendio quemando un campo de trigo, haciendo que su cuerpo recobrara la vida que el sueño había apaciguado. El mango del cuchillo, de acero inoxidable, estaba frío. Le recordaba que era ella la que estaba ahí, de madrugada, cortando un limón. Nadie más que ella podía sentir ese olor cítrico y notar el frío material acariciando sus dedos. Incluso, si quisiera, podía tomar el cuchillo por la hoja y apretarlo contra su palma. Borbotones de sangre brotarían de su mano como una fuente, fruto de la ruptura de piel y venas. No lo haría; no le apasionaba la idea del dolor ni tampoco la de tener que dar explicaciones en urgencias a un grupo de desconocidos que fruncirían el ceño si les explicara la verdadera razón y la ignorarían rápidamente si les mintiese. Lo importante era que tenía el poder para hacerlo, y la idea le aliviaba. 

Pegó un respingo cuando escuchó hablar a su hermana detrás de ella. Terminó de exprimir la fruta y vertió su jugo. El silencio, a esa hora de la mañana, era casi palpable, únicamente roto por su hermana, que permitía que emergiese veneno de su boca de manera distraída mientras miraba su móvil con una mano y bebía café con la otra. Se preguntó si su cara también se contorsionaba de esa forma cuando ella se ponía agresiva. Al final, tener una hermana gemela le daba mucha perspectiva acerca de sus propias facciones, aunque nunca expresasen lo mismo. 

La siguiente vez que respiró estaba dentro del instituto. El aire se mezcló con el tacto cálido de una compañera rodeándole los hombros. Le sonrió. Entraron en clase, y su mente se llenó de letras que representaban números y números que no existían, que tendían al infinito y volvían sobre sí mismos. Todo se asentaba dentro de ella y la llenaba de vida y le permitía respirar, o no hacerlo, pero los números seguirían ahí. La compañera que hacía un rato le había abrazado tenía ahora la mano sobre su muslo. 

Volvió a casa. La noche llegó sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo. Oyó a su madre entrando por la puerta. Fue a buscarla, abrazándola por la espalda cuando estaba dejando el abrigo. Ambas se sentaron a tomar un vaso de agua en la cocina. 

—¿Has visto a tu hermana hoy? 

Le hizo un gesto con la cabeza en dirección a la nevera. Su hermana estaba apoyada contra ésta. 

—¿Está ahí? 

Asintió. Entendió la preocupación de su madre. Su hermana llevaba muerta dos años. 

Su madre se levantó y la abrazó nuevamente, estrechándola entre sus brazos. Ella hundió la cara en su cuello, inhalando su olor, tan familiar, tan de madre. Sabía que tendría que irse a la cama y que su hermana la acompañaría, pero al menos, por unos segundos, cerca del final del día, pudo respirar. 

Por Luzzco (Lucía Belén del Amo Corbata) 

Carhue 43

-Carhue cuarenta y tres, carhue cuarenta y tres-... repetía Rene una y otra vez, mientras avanzaba como flotando entre la gente, hacia su entrevista laboral.

 

Le daba mucho miedo olvidarse dónde había dejado estacionado su auto, como la vez que pasó más de 2 horas buscándo en el estacionamiento del hipermercado, motivo por el cuál, se perdió la final de la libertadores. No tenía cómo anotar, su celular había quedado cargando en el enchufe de la cocina y en el apuro de no llegar tarde a la reunión se lo dejo olvidado. Se dispuso a elaborar un plan para no olvidar la ubicación del auto.

 

Primero eligió la parte fácil, recordar el número 43. La sagacidad típica de su mente le brindó rápido la solución: su edad, multiplicada por dos, menos la edad su hija, Martina, que ya estaba por comenzar el jardín maternal (si es que lograba conseguir el trabajo para pagarle el instituto privado y el transporte, ya que con el sueldo de su mujer no alcanzaba)

 

"Mí edad multiplicada por dos menos la edad de Martina, brillante" la satisfacción de resolver parte del problema lo hizo sonreír.

 

-¿De qué se ríe Sr. Morales, le causa gracia la pregunta?- (interrumpió el dueño de la empresa quien le estaba realizando la entrevista)

-De nada, disculpe,Trabaje dos años atendiendo en una panadería y luego en un call Center" contestó Rene , notoriamente preocupado, porque sabía que recordar el nombre de la calle iba a ser un desafío mayor.

 

Se sentía empantanado, no encontraba relación entre el nombre de la calle y las cosas más significativas de su vida, "tendría que haber estacionado sobre la calle Washington, que me hace acordar a la casa Blanca, y a la casa de papel, que la fue la primer serie que vi en la tele con Agus y así solo tendría que acordarme de mí señora y de mi hija" pensaba, mientras su cara se transformaba notoriamente, dejando que la preocupación se adueñe de la escena.

 

-Que estupido- Murmuró. 

 

-¿disculpe?- lo miro sorprendido el entrevistador.

 

- No, no, nada continúe por favor..

 

- Es que acabamos de terminar. La mirada de René se iluminó de esperanza, todavía el nombre de la calle permanecía en su memoria, aguardando que la fuera a buscar para cuando la necesite.

 

Nunca más lo iban a acusar de distraído, ni iba a sufrir la humillación que sintió cuando perdió todo ese tiempo en el estacionamiento y se perdió el partido más importante de la historia del fútbol argentino. Ahí estaba su auto, aguardando en el mismísimo lugar que su memoria le recordaba una y otra vez, se subió, prendió el aire acondicionado y puso la radio al tope, celebrando la victoria.

 

Llego a su casa con el pecho hinchado de orgullo, por el avance que representaba para su vida haber podido retener esa información. Su mujer al verlo entrar con tal actitud, le preguntó ilusionada.

 

-Que alegría.. ¿ te fue bien en la entrevista? 

- ¿Que entrevista? 

Por Daniel Levitin (Jorge Daniel Levitin) 

La Artista y el Científico

Fue duro darse cuenta de que lo mismo que nos había enamorado era lo que no
soportábamos el uno del otro. Lo vi claro en la primera sesión de la terapia a la que fuimos
por recomendación de mi hermana.


Llegamos a aquella consulta de fragancia cálida a sabiendas de que era nuestro
último cartucho. Convencí a Blas con la amenaza de que me marchaba si no accedía y me
siguió como un corderito. Desde que comenzamos, hace nueve años, su mayor miedo ha
sido que lo abandone; al pobre lo dejó su primera novia sin ni siquiera una señal de
disgusto previa, eso dice él, a lo mejor las dio y Blas no las pilló. El caso es que yo creía
que siempre había tenido ese miedo a mi favor.


Cuando lo conocí, en una barbacoa con sabor a vino blanco y butifarra, me
enamoró su capacidad organizativa, lo bien que ordenaba y dirigía y eso fue,
precisamente, lo que llegó a sacarme de quicio, porque todo en su vida, y por ende en la
mía, tenía que estar milimetrado. Por eso me llevé una sorpresa tremenda cuando le
escuché decir que lo que le había enamorado de mí era la tranquilidad, la manera de
tomarme las cosas tal y como venían, sin necesidad de tener mis días bajo pleno control,
cuando llevaba echándome en cara meses mi desorganización, exigiéndome que cambiara
mi forma de gestionar la casa, las amistades y hasta el dinero.


Yo había acudido a la terapia con la certeza de que la psicóloga le diría a Blas que
su forma de afrontar la vida no era la adecuada, que debía aprender a fluir, pero la mujer
no dijo nada de eso. En cambio, nos aceptó a ambos y nos quiso conocer un poco más en
sesiones individuales. En la mía hablé de mis padres, de nuestras acampadas veraniegas

en el monte, de la libertad que me habían dado durante la adolescencia, de la falta de
obligaciones o prohibiciones. Supongo que Blas habló de los suyos, de la presión con la
que había crecido para dar la talla, porque en la siguiente sesión conjunta, la mujer nos
sacó un esquema que explicaba cómo nuestras historias habían configurado nuestras
formas de hacer tan diferentes, que antes nos habían atraído y ahora nos destruían. Según
ella, ninguno tenía que cambiar, debíamos aceptar nuestras diferencias, o al menos
tolerarlas, si queríamos continuar juntos.


Ahí fue cuando me di cuenta de que no quería seguir con él. No lo había visto
hasta entonces porque el miedo de Blas se había colado en mis ojos cual pegamento sucio
y cegador de tantas veces como me había repetido que yo no haría lo mismo que su ex,
no lo dejaría tirado.


Creo que, si no hubiera sido por la psicóloga, habría hecho las maletas y habría
desaparecido dejando ese sentimiento de podredumbre sobre el recuerdo de nuestra
relación. Suerte que ella nos ayudó a entender que una separación no es un fracaso.

Por Dani Isla (Laura Ruiz Benito, conocida como

Laura Urcelay en el mundo de la literatura) 

El objetivo de este certamen es, por un lado, estimular la creación literaria de todas aquellas personas que deseen participar y, por otro, dar a conocer el papel fundamental del contexto en la salud psicológica de la persona, así como reivindicar las terapias de tercera generación, de manera explícita o implícita, haciendo alusión a su filosofía o a alguno de sus componentes.

El certamen está abierto a cualquier persona, siempre que sea mayor de edad, de cualquier nacionalidad, aunque está especialmente recomendado para aquellas personas dedicadas al ámbito psicológico y que quieran formarse o continuar formándose en las terapias de tercera generación

El tema del texto será libre, aunque se valorarán especialmente los que toquen, directa o tangencialmente el papel fundamental del contexto en la salud psicológica de la persona.

Se seleccionarán diez finalistas, de entre los cuales sólo uno ganará el premio, consistente en 2 Cursos del catálogo formativo de TerapiasContextuales.com, a elección del ganador, valorados en 98 €.

El plazo de presentación de los textos finaliza el 15 de febrero de 2020.

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