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1º Certamen Microrelatos Contextuales





Hoy os compartimos esta iniciativa que hemos podido organizar gracias a la participación inestimable del grupo de Embajadores Contextuales.


En este caso, os compartimos un par de microrelatos cuya autoría es de Manuel Murillo, escritor y psicólogo contextual (que acaba de publicar una novela cuyo título no podría ser más evocador, "Todos los caminos que llevan a Grecia"


Una de las actividades que más enriquecen a un/a terapeuta-persona es participar de la cultura, de cualquiera de las maneras, y por eso mismo hemos querido premiar este comportamiento tan saludable organizando el I Certamen de Microrrelatos Contextuales 2020, cuyas bases e instrucciones puedes consultar aquí. ¡Echadle un ojo al premio!


Sin más dilación, os dejamos con estas dos pequeñas joyas, ¡disfrutadlas!


Profecías


Que qué pasó, me pregunta usted. Realmente no lo sé. Todo me iba bien. Sí, por supuesto que puedo darle más detalles: tenía amigos, tenía un esposo que me quería, la relación con mi familia era como un mar en calma, anodino para quien lo conoce pero colmado de la frecuentemente inadvertida bondad de carecer de maldad.


En el grupo de teatro estábamos preparando una obra sobre salud mental y a mí me tocó un papel casi protagonista -una vez más, este año no me tocó el papel principal- de una persona con esquizofrenia. Cuando, en mi época universitaria, tomé clases de arte dramático, el profesor nos instruyó en una técnica que, según él, era la que esculpía a los auténticos actores: representar el papel fuera del escenario; si era capaz de hacerlo, una vez sobre las tablas todo iría rodado. El personaje al que yo representaba era, debido a su trastorno, una persona solitaria, sin amigos, que en el amor había cosechado un fracaso tras otro y que tenía una relación turbulenta con su familia. En pocas palabras, un papel opuesto a mí. Lejos de desanimarme, lo tomé como un desafío profesional y me puse manos a la obra (nunca mejor dicho). Con ayuda de un compañero del trabajo que maneja los entresijos de la informática con más habilidad que yo, falsifiqué unos papeles médicos de un diagnóstico de no recuerdo ya ni qué enfermedad, que hube de tratar con antibióticos, a una esquizofrenia. Sólo cambió la fecha, el diagnóstico y los antibióticos por antipsicóticos.


Llegué a casa con el papel en mano pensando cómo iba a apañármelas para actuar como si me sintiera sola, como si no me sintiera deseada y me sintiera distanciada de mi familia siendo como soy. Me inventé cuatro chorradas con mi marido enseñándole el papel, diciéndole que había tenido unas alucinaciones el otro día y que había ido al médico, que me había recetado antipsicóticos para prevenir por si me daba otro brote. Él se asustó mucho y aquella noche no hicimos el amor. Lo único que hizo fue mirarme fijamente y yo fingir que no me percataba. Entre mis amigos, pronto se corrió la voz. Algunos empezaron a ponerme excusas para no quedar donde quedábamos habitualmente. Oí una conversación, desde la cocina, en la que dos amigos especulaban si agarraría un cuchillo de pronto e iría a matarlos al salón. No los volví a ver. Mis padres, por su parte, pasaron una semana llorando, lo cual fue la gota que colmó el vaso y me empujó a terminar con aquello. Les expliqué a los que quisieron escucharme que todo había sido una farsa, una falsificación, una etiqueta para ensayar un teatro. Los que se dignaron a responderme me dijeron que pobrecita, que cómo se inventan las cosas las personas enfermas como yo. Y por eso estoy aquí, no porque esté enferma, sino porque he perdido a mis amigos, he perdido a mi marido y mi familia ya no lo es.




Lecciones


Ahora lo achaco a mi inexperiencia. Al fin y al cabo, era mi primera clase de mi primera asignatura de psicología clínica en la carrera. Tiendo a pensar, en un vulgar ejercicio de vanidad profesional, que, si hubiera tenido por aquellos días la experiencia y el bagaje del que hogaño dispongo, sin duda alguna me habría dado cuenta. Pero también pienso, y sospecho que no de manera equívoca, que el autoengaño es uno de los procesos que mejor funcionan en el ser humano, motivo, entre otros, por el cual la autoayuda suele funcionar tan pésimamente.


Yo estaba en la cafetería, solo, nervioso por mi ignorancia y excitado porque ésta iba a dejar de ser, pensando en la asignatura a la que entraría en un cuarto de hora. Apenas llevaba cinco meses en los que todas las asignaturas habían sido de investigación básica y no había entablado confianza con ninguno de mis compañeros. Sin embargo, tras de mí escuché la voz de dos de ellos. Hablaban de la asignatura a la que nos disponíamos a entrar y uno de ellos afirmó que habría una persona con algún trastorno, no sabían cuál, o yo no pude escucharlo, del espectro autista. Tampoco escuché el inicio ni el final de la conversación ya que todas aquellas palabras se perdían en un remolino de distancia, voces ajenas, entrechocar de vasos y arrastrar de taburetes. Al no tener confianza con ellos, claro, no me acerqué a indagarles más. Así, entré en clase mirando a todo el mundo con un descaro inusitado en mí. Lamenté mi desconocimiento y mi desidia de no haber estudiado antes por mi cuenta ciertos temas de salud mental si tanto me interesaba. Busqué conductas extrañas, gestos llamativos y repetitivos, cosa que más tarde aprendí que se llamaban estereotipias, busqué, en definitiva, todo lo que pudiera calificar como algo que fuese anormal. No tardé en darme cuenta de que me había equivocado de método; lo que debía hacer era buscar rostros desconocidos. Que no tuviera amigos no quería decir que fuese malo reconociendo a mis compañeros. Si la persona con un trastorno del espectro autista estaba en esa clase y no en otra anterior quería decir que se trataba de un compañero nuevo que presumiblemente pertenecía a algún curso más avanzado pero en años anteriores no había sido capaz de superar aquella asignatura. Había unas cuantas caras cuyas facciones descubrí que ignoraba y me fijé en ellos durante mucho rato pero nada extraño descubrí. Al final, derrotado, terminé centrándome en la clase. El profesor era muy bueno y conseguía que me interesase hasta por los temas más áridos. Unas semanas más tarde, mientras yo seguía obsesionado, como un mal chiste, explicó el tema del autismo y fue una de sus mejores exposiciones.


Hacía mucho tiempo que no pensaba en esto. Ahora que yo también doy clases en la universidad he descubierto que la persona que en aquella aula tenía un TEA era el profesor, quien se jubiló felizmente hace siete años.

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