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"¡Yo ya le perdoné!" -dijo el Rencor... - Manejando el perdón en Terapia Integral de Pare


Hablar de perdón es fácil. Es fácil, mucho más fácil que practicarlo, motivo por el cual solemos declarar a menudo cosas como el título de este artículo, con una facilidad pasmosa... facilidad que en un alto porcentaje de los casos no se refleja en los actos.

Practicar el perdón es difícil. El gran motivo de que así sea tiene que ver con la naturaleza propia del agravio recibido: cuando alguien nos traiciona o nos "daña", ese acto no puede deshacerse, ha quedado grabado en la historia para siempre; y aunque el acto pase, aunque la piedra arrojada ya nos haya golpeado, la inflamación física pasará pero no así el dolor emocional y simbólico. Perdonar es difícil porque no hay que perdonar ya ese golpe inicial con la piedra: hay que perdonar cada recuerdo, cada imagen, cada pensamiento que surge inevitablemente ante un hecho doloroso.

Por tanto, practicar el perdón es algo que se hace cada día desde el momento en que se recibió el agravio, y como tal es útil transmitirlo a la pareja que tenemos delante. Más allá de poner la responsabilidad en uno u otro miembro - "tú debes perdonarle, María, mientras que tú Jorge debes compensarle" - se trata de encontrar en el perdón una actividad conjunta en la que ambos miembros de la pareja puedan encontrar la paz y la serenidad, camino que ambos podrán transitar hacia la unión y el crecimiento como compañeros.

¿Cómo podemos practicar el perdón en pareja?

A continuación, daremos 3 ideas que han mostrado ser útiles en la práctica clínica con parejas:

1. Unión empática en torno a la expresión de expresiones suaves. En sesión, pediremos primero al miembro agraviado que exprese qué le dice ese dolor, siempre remarcando que lo haga de una manera que no les separe; se le pide que lo haga de una manera sentida tal y como es, empezando con frases tipo "yo tengo la sensación/yo tengo el pensamiento". Al otro miembro se le pide que, realizando lo mismo, escuche cualquier sensación que ha tenido quizás de arrepentimiento o de tristeza, y hable sobre lo que le dice, con el mismo tipo de frase "yo tengo la sensación/yo tengo el pensamiento". Esto puede hacerse mientras ambos mantienen contacto físico, con las manos juntas.

2. Si en algún momento empieza un ataque verbal, cortamos amablemente e introducimos una dinámica de separación unificada. Preguntamos quién está hablando ahí, quién está tomando el control, quién está ganando, cómo sería volver a tomar el control y hablar del dolor, quién pierde cuando el dolor gana. A ambos, les pedimos que realicen una acción en ese momento, no verbal, que implique unión frente al dolor: pueden acercarse, abrazarse, llorar, taparse la cara con las manos y buscar consuelo. Aquí, el terapeuta encuentra un desafío: debe ser tanto directivo como amable, sin dejarse apabullar, reconduciendo de una manera educada y constructiva, cuidando su lenguaje, construyendo frases en positivo -evitando usar "pero", "no"-.

3. Facilitamos el perdón entre sesiones. La pareja tendrá que perdonar conjuntamente en su día a día, y así debemos transmitirlo y planificarlo con ellos. Les pedimos que nos cuenten qué harán cuando a él o a ella le vengan esos recuerdos dolorosos o esas imágenes tan fastidiosas, qué hará él, qué hará ella, qué dirá, cuándo, en qué momento, cómo se enfrentarán al dolor manejando el escudo del perdón, un escudo que les protegerá del sufrimiento, un escudo demasiado pesado para que sólo uno de ellos lo maneje. Ese escudo es algo que puede agotar, y si ambos lo han levantado lo sabrán bien: cuando el momento difícil haya pasado, es momento de recompensarse, y les pediremos cómo lo harán, ya sea el uno al otro o de nuevo de manera conjunta, qué tesoro encontrarán una vez se hayan protegido con el escudo pesado del perdón.

Como terapeutas, no debemos esperar milagros de perdón rápido y duradero: somos humanos, debemos practicar nosotros mismos la paciencia. Igualmente, debemos saber que sin perdón practicado día a día y con acciones concretas, una relación entre personas puede convertirse en el peor de los infiernos... ante el cual la separación es una opción tan legítima como cualquier otra: mejor separados sin perdón, a juntos con rencor.

Eso sí: hay cosas que pueden dañarnos profundamente, y si elegimos continuar con nuestro compañero, el peor de los agravios puede transformarse en la más duradera de las uniones.

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