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ENTREVISTA: Ricardo de Pascual, Grupo ACOVEO - Afinando en la investigación de procesos: el ejemplo


Estudiar los procesos verbales que median en psicoterapia es un asunto clave: la Teoría del Marco Relacional hace justo eso, y se postula como un esfuerzo innovador en laboratorios de todo el mundo dedicados a testearla y ponerla a prueba. Sin embargo, no son pocas las críticas que ha recibido, en los últimos tiempos relacionadas con la replicabilidad de sus resultados y la validez de sus supuestos: ¿qué es un marco relacional? ¿realmente se establece la equivalencia de funciones tal y como creemos? ¿existen procesos básicos que puedan explicar la respuesta relacional derivada? Parece que la respuesta a esas preguntas aún no está del todo clara.

Por suerte, la RFT no es el único esfuerzo llevado a cabo para comprender aquello que ocurre en terapia, que realice investigación para describir primero los procesos básicos que tienen lugar en psicoterapia, para después intentar relacionar las variables exploradas.

En España tenemos la suerte de contar con el Grupo ACOVEO, dirigido por la Dra. María Xesús Froján Parga, profesora titular de la Universidad Autónoma de Madrid, quien dirige un grupo de investigación desde hace más de 10 años sobre el análisis funcional de la conducta verbal en terapia. Su equipo ha elaborado el Sistema de Categorización de la Interacción de la Conducta Verbal en Terapia (SISC-INTER-CVT), que permite hacer un análisis funcional de las verbalizaciones del terapeuta y del paciente.

Parte del grupo ACOVEO es Ricardo de Pascual, psicólogo, investigador y docente en la UEM, quién realizó su tesis doctoral sobre el análisis funcional de la motivación en terapia. En esta entrada, hablamos con él para conocer de primera mano mucho más sobre el trabajo de su equipo:

TERAPIASCONTEXTUALES.COM: ¡Gracias Ricardo por tu disposición y tiempo! Como decíamos en la introducción del artículo, y conforme a nuestra visión escéptica de aquello a lo que nos dedicamos, nos gustaría preguntarte qué aspectos de la Teoría del Marco Relacional crees que deben ser mejor explorados.

RICARDO DE PASCUAL: ¡Gracias a vosotros! Siempre es un placer compartir información, puntos de vista y debates sobre nuestra disciplina.

La Teoría del Marco Relacional tiene, a nuestro juicio, bastantes problemas. En primer lugar, la propia vaguedad teórica de la TMR es un escollo serio. François Tonneau, respetado teórico y miembro también de ACOVEO, sostuvo un intercambio con Hayes y Barnes-Holmes hace algunos años acerca de la falta de claridad teórica de la TMR y sus limitaciones, un intercambio que resulta de lo más esclarecedor. Me parece importante resaltar, por ejemplo, la apreciación de Tonneau de que los proponentes de la TMR parecen confundir precisión experimental con claridad teórica, y asumen que la primera garantiza la segunda. Usan términos imprecisos, como “poner en valor” (“brought to bear”, en el original), sin aclarar qué quiere decir esto ni por qué mecanismos sería esa “puesta en valor” realizada.

El hablar de “respuesta relacional” también es bastante problemático y suena más a una voltereta que tiene como objetivo mantener dentro del seno de lo operante todo lo que tenga que ver con TMR que a una verdadera propuesta con sentido científico; además, parece caer en el clásico error de los conductistas mediacionales (los cognitivos, vaya) de inferir respuestas y constructos que no se están comprobando en sí mismos, sino que se consideran su propia prueba de existencia. Y tal vez este es el punto más curioso: la Teoría del Marco Relacional parece ignorar por completo el condicionamiento clásico, que es una explicación bastante más parsimoniosa para algunos de los fenómenos que ocupan a la TMR. Frecuentemente atribuyen al “comportamiento relacional de marcos” lo que es, lisa y llanamente, comportamiento respondiente en el sentido pavloviano más obvio.

En cualquier caso, hay otro factor llamativo más allá de la propia teoría, y es el uso que se le da para dar un barniz de solidez a algunas propuestas de la llamada Tercera Generación. La TMR parece como una carta de “salida de la cárcel” del Monopoly que los partidarios de estos enfoques esgrimen cuando se les llama la atención sobre lo poco sólido de propuestas como esa contradicción tan terrible que es el “trastorno de evitación experiencial” o la absoluta superfluidad del modelo hexaflex (que no añade nada a un buen análisis funcional más que la oportunidad de hacer un dibujito con nombre fashion). Creo (creemos) que la TMR está siendo usada como salvavidas por proponentes de enfoques que están cayendo rápidamente no ya en lo acientífico, sino incluso en lo anticientífico. Si esto es así, es un salvavidas extraordinariamente problemático.

Quede claro que no digo con esto que todo terapeuta de la tercera generación sea anticientífico. Conozco a muchos y, aunque tenemos profundos desacuerdos, también les respeto enormemente como terapeutas y como personas con curiosidad y espíritu crítico. Simplemente discrepo en esa idea de que la TMR sea “el futuro” del análisis aplicado de conducta. De hecho, creo que es una vuelta al pasado en el aspecto epistemológico, si no ya en el experimental.

TC.COM: Hay un aspecto que suele dejarse a un lado cuando se habla del estudio de procesos en psicoterapia, y es la cuestión de la llamada respuesta pavloviana, en contraposición a la respuesta operante: mientras que la segunda ha recibido amplia atención tanto por parte de investigadores como de clínicos, la primera parece haber sido condenada al olvido, ¿qué nos puedes decir al respecto?

RP: Precisamente publicamos un artículo en Psicothema hace no mucho al respecto, y es algo en lo que estamos centrando nuestra atención. Es innegable que en el contexto clínico se están dando procesos de condicionamiento operante; sin embargo, también se están produciendo asociaciones pavlovianas constantemente. Probablemente ningún analista de conducta negaría que ambos tipos de procesos se están dando simultáneamente, entreverados: el carácter reforzador o discriminativo de muchos estímulos se ha adquirido precisamente por procesos de condicionamiento clásico. Hay un área en concreto en el que el estudio del condicionamiento clásico tiene, a nuestro parecer, una importancia enorme, y es el de la conducta verbal. El quehacer terapéutico es fundamentalmente (aunque no solo) realizado de forma verbal.

Esencialmente, el trabajo de un clínico consiste en cambiar la conducta de sus clientes a través de un uso particular del lenguaje; el lenguaje es un vehículo excepcional para provocar asociaciones, un vehículo que el terapeuta debe dominar. Cuando el terapeuta emite verbalizaciones apetitivas de forma contingente a verbalizaciones concretas del cliente o de sí mismo (por ejemplo, decir “si haces deporte te vas a sentir mucho mejor”) está, entre otras cosas, condicionando como apetitiva la respuesta de hacer deporte. Cuando el terapeuta muestra desacuerdo ante algo que el cliente ha dicho (por ejemplo, que el cliente diga “yo creo que son los demás los que tienen que cambiar” y el terapeuta responda “eso no es así”, acompañado de una expresión facial seria), no está solo castigando la verbalización; está también emparejando una verbalización del cliente con una suya que muy probablemente elicitará una emoción negativa.

De acuerdo con la propuesta de la respuesta mediadora de Mowrer, el terapeuta estará condicionando esa verbalización como aversiva. Esto tiene implicaciones muy importantes para el estudio de las (mal) llamadas “técnicas cognitivas”, que son fundamentalmente verbales y se llevan a cabo dentro de sesión pero están dirigidas a cambiar el comportamiento del cliente en su entorno natural.

Recuperar el condicionamiento clásico como objeto de estudio permite, en nuestra opinión, entender mucho mejor qué es lo que hace que el cliente cambie su conducta fuera de sesión por lo que le dice el terapeuta dentro de la sesión; eso es, en cierto sentido, el verdadero núcleo y lo que los que nos dedicamos al estudio de procesos siempre nos preguntamos: ¿por qué la gente cambia en terapia? El condicionamiento clásico es, en nuestra opinión, una pieza clave para entenderlo.

TC.COM: Dirigiéndonos ya al objeto de tu tesis, no hemos encontrado mejor pregunta que realizarte para empezar: ¿qué es motivar?

RP: ¡Es una pregunta muy bonita! La motivación, como tantas otras cosas en psicología, ha seguido un proceso de “sustantivización”. Me explico: en las universidades se habla de la motivación como si fuera algo que uno “tiene”, como el que tiene un brazo o un pie. Es una más de esas cosas (personalidad, autoestima, inteligencia) que están “dentro” y que solo podemos ver por cómo afectan a la conducta. Esto, por supuesto, no se sostiene desde una lógica conductista. Decir que alguien actúa de una determinada manera porque “tiene mucha motivación” es en el mejor de los casos tautológico; en el peor, es una tontería, directamente.

Desde el análisis aplicado de conducta, una de las propuestas más interesantes es la de Michael y su “operación de establecimiento” (más adelante “operación motivadora”). Michael proponía conceptualizar la motivación como un conjunto de operaciones que se realizan antes de que ocurra la conducta en concreto y que alteran alguno de los tres elementos de la cadena (estímulo discriminativo, respuesta o estímulo consecuente), afectando así a la probabilidad de que se dé la respuesta. Es una idea que realmente devolvió la motivación al análisis aplicado de conducta, cosa que creo que es esencial. Por supuesto, tenía sus fallos: Michael acabó creando una taxonomía complejísima de las diferentes operaciones motivadoras que existían, incluyendo algunas que se solapaban llamativamente con lo que se podía explicar perfectamente desde el condicionamiento clásico (parece que es un tema común tratar de “comerle terreno” al clásico desde el operante).

En cualquier caso, me gusta mucho cómo está hecha tu pregunta y creo que resalta algo que, aunque a los que nos movemos desde el conductismo radical nos parece obvio, no lo es tanto desde fuera. Has preguntado “qué es motivar”, y no “qué es la motivación”. Esto, que puede parecer una diferencia mínima, no lo es: la psicología tradicional (y entiéndase que aquí “tradicional” quiere decir “dualista”, clásica en su concepción de la conducta) es una verdadera máquina de sustantivizar, si se me permite el neologismo. Con esto quiero decir que, desde la psicología, se cae habitualmente en el vicio de confundir descripción con explicación, y de convertir lo que debería ser entendido como un proceso en una “cosa”. Es decir: lo que debería ser un verbo, lo convierte en sustantivo y después lo “entierra” en el “interior” del “sujeto” (nótense las comillas).

Sin embargo, el estudio de la motivación se beneficia mucho de considerarla como un proceso, como proponía Michael. Así pues, ¿qué es motivar? Tan sencillo (o tan complejo) como favorecer que se dé la conducta mediante operaciones previas. Por ejemplo, si vas a ir a cenar a casa de tu abuela, que siempre cocina mucho para ti y se disgusta si no lo comes todo, puedes saltarte la comida para llegar “motivado” a la cena. A menudo los padres de niños pequeños, si han dormido demasiado por la mañana, no les dejan dormir la siesta para que duerman después del tirón por la noche y no les cueste; de nuevo, les motivan para ello. Estos dos ejemplos tiran de algo muy sencillo de entender, que es la deprivación. La saciación funcionaría exactamente igual, solo que con un efecto de abolición: si no quieres gastarte mucho dinero cuando sales con tus amigos puedes decidir cenar en tu casa para que la comida pierda parte de su poder discriminativo (y reforzante).

En terapia, que era el tema analizado en mi tesis, la motivación puede entenderse como la anticipación por parte del terapeuta de las consecuencias (positivas o negativas) que la conducta del cliente va a tener. Al expresar una contingencia completa de tres términos (por ejemplo: “cuando te encuentres alterado practica la respiración profunda y verás cómo te calmas”), se está estableciendo que habrá un reforzador contingente a la conducta especificada. En cierto sentido, esa respuesta ya se está reforzando; como todos sabemos, los problemas de conducta no se “relatan” en sesión, sino que ocurren en sesión. Esto es justo lo que nos da la oportunidad, como terapeutas, de operar directamente sobre los problemas: al cambiar las verbalizaciones relativas al problema, cambiamos el problema. Cuando el terapeuta anticipa una consecuencia apetitiva (o aversiva) que será contingente con la conducta del cliente, modifica la probabilidad de ocurrencia de esa misma conducta.

En cierto sentido, gran cantidad de las cosas que se hacen y dicen en terapia funcionan como operaciones de establecimiento o abolición para lo que ocurre fuera de ellas, en el contexto natural del cliente. En resumen, ¿qué puede hacer un terapeuta para “motivar” a sus clientes? Anticipar, clara y explícitamente, cuáles serán las consecuencias de sus actos.

TC.COM: Para finalizar, ¿en qué sentido crees que tanto tu tesis como todos los resultados de la investigación del Grupo ACOVEO ayudan a que podamos hacer mejor nuestro trabajo en la práctica clínica como psicólogos?

RP: Una de las primeras cosas que uno aprende en este via crucis que es la carrera académica es la modestia; lo que investigas, eso que te parece tan importante y que te lleva tanto esfuerzo, puede no interesar al gran público (ni al público especializado). Pero, aún con esto, modestamente creo que los resultados que hemos ido obteniendo a lo largo de todos estos años son muy interesantes, y muestran que el estudio de la interacción terapéutica momento a momento puede ser la forma más adecuada de entender qué es lo que ocurre en terapia realmente. Es decir, si nos centramos en los procesos de aprendizaje que pueden estar ocurriendo (pavlovianos y operantes), la flexibilidad que ganamos para comprender cómo el terapeuta, a través de su conducta verbal, moldea la del cliente, es inmensa.

Nuestro ángulo no es nuevo: desde muchas otras orientaciones se ha estudiado (y se estudia) esto mismo, también con sistemas de categorías. Donde creo que reside la potencia de lo que hacemos nosotros es precisamente en este afán de estudiarlo a nivel micro (que implica un esfuerzo enorme, eso sí); los procesos de aprendizaje son los ladrillos que construyen toda interacción, incluyendo la terapéutica. La claridad de los resultados junto a la “limpieza” de los conceptos usados permite ver claramente en qué momentos de la terapia el terapeuta refuerza más el discurso del cliente, cuándo comienza a afinar y reforzar diferencialmente verbalizaciones proterapéuticas, cuándo y de qué manera motiva a su cliente…

En resumen, tenemos un retrato cada vez más fiel y detallado de lo que ocurre en terapia. De nuevo desde la modestia, creo que la utilidad de lo que hacemos para nuestra disciplina es fácilmente comprensible en cuanto se lee nuestro trabajo: cualquier terapeuta puede extraer de nuestros resultados algunas guías de acción que parecen prometedoras. Pero sobre todo hay algo muy concreto que es, creo, lo más importante: aprender a ver el proceso terapéutico y cualquier otra interacción como una serie de procesos de aprendizaje entrecruzados. Cuando un terapeuta es capaz de hacer eso, puede dirigir su propio comportamiento de forma tal que maximice las posibilidades de modificar la conducta del cliente. Puede ser más sistemático, más afilado en su manejo de las contingencias dentro de sesión. Es decir: puede ser mejor terapeuta.

TC.COM:¡Muchísimas gracias por tu tiempo, Ricardo! Seguiremos de cerca vuestra actividad: lleváis más de 10 años avanzando y abriendo camino en la investigación de procesos, y estamos seguros de que seguiréis haciéndolo.

Si queréis saber más...

Web del GRUPO ACOVEO

Parga, M. X. F., de Prado Gordillo, M. N., & de Pascual Verdú, R. (2017). Cognitive techniques and language: A return to behavioral origins. Psicothema, 29(3), 352-357.

Froján Parga, M. X., Montaño Fidalgo, M., & Calero Elvira, A. (2007). Why do people change in therapy?: A preliminary study. Psychology in Spain.

Ruiz, E., Froján, M. X., & Galván, N. (2015). Patrones de interacción verbal en el contexto clínico. Psicothema, 27(2), 99-107.

Froján Parga, M. X., Alpañés Freitag, M., Calero Elvira, A., & Vargas de la Cruz, I. (2010). Una concepción conductual de la motivación en el proceso terapéutico. Psicothema, 22(4).

Tonneau, F. (2002). Who can understand relational frame theory? A reply to Barnes-Holmes and Hayes. European Journal of Behavior Analysis, 3(2), 95-102.


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