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El truco mágico de la literatura es psicológico


Este artículo ha sido traducido y adaptado del original por la Psicóloga Interna Residente Nuria Azuaga Azuaga, a quien desde aquí le agradecemos su inestimable colaboración.

El original, cuya fuente Jean Louis Monestès nos autorizó para traducir, adaptar y publicar, puede ser consultado a continuación:

http://www.flexibilitepsychologique.fr/le-truc-magique-de-la-litterature-est-psychologique/

El truco mágico de la literatura es psicológico

Me gusta mucho el trabajo de Xavier de la Porte. Yo era un gran seguidor de su programa Place de la toile. Catedrático de letras modernas y antiguo alumno del ENS (École Normale Supérieur), tiene una capacidad sin límite para cuestionarse sobre el mundo que le rodea. Es sin duda un hombre honesto que podríamos escuchar reflexionar en voz alta horas y horas sin cansarse.

En una charla en la cadena de radio France inter (sin gran interés aparte de las intervenciones de Xavier de la Porte) titulada La litterature est-elle censée nous faire du bien? (¿Se supone que la literatura debería hacernos bien?), nuestro letrado se ha lanzado en una de sus reflexiones, armado de ese entusiasmo sanamente cándido que lo caracteriza.

«La literatura es un truco de locos: es un ensamblaje de signos – que además es coyuntural ya que es diferente según las civilizaciones y los idiomas-, un ensamblaje de signos que producen palabras, que luego producen frases, y que después producen pensamientos e imágenes. ¡¿Cómo funciona?! Cómo es posible que leyendo una frase de Proust que cuenta, no sé, las migajas sobre una mesa después de la comida en el gran hotel de Cabourg por ejemplo, ¿cómo se hace para producir esa imagen misma? ¡Eso ya es completamente asombroso! Y luego, pero además de eso ¿cómo es posible que, cada vez que vayamos a ver una mesa de final de comida, durante el resto de nuestra vida, pensemos en Proust? Son cosas absolutamente increíbles (…). Hay algo maravilloso, mágico, que no llego a explicarme completamente...».

Las mismas palabras que forman la literatura son capaces de adentrarnos en los peores sufrimientos así como aliviarlos

Aquí encontramos un enigma que nos fascina también a nosotros los psicoterapeutas, puesto que las mismas palabras que forman la literatura son capaces de adentrarnos en los peores sufrimientos, así como aliviarlos. En las problemáticas que nos ocupan, no son imágenes de migajas sobre una mesa que aparecen, sino las de un accidente, un abandono o una humillación que vuelven ante la simple lectura de un artículo de revista sin ninguna relación aparente, desembocando en un sentimiento de vulnerabilidad y de falta insuperable. Es más, los esfuerzos para comprender el funcionamiento del lenguaje transcienden la psicología desde sus orígenes. Ya William James, el padre de la psicología moderna escribía “la palabra perro no muerde”, subrayando así que la palabra invoca frecuentemente las emociones desencadenadas por lo que designa, aun sin ser el objeto mismo. Con el concepto de fusión, la ACT ha puesto el acento sobre la grandiosa capacidad de las palabras para controlar nuestros comportamientos.

¿Entonces cómo funciona? Puede ser que tengamos la respuesta a esta pregunta. ¡Vamos a por una aplicación lapidaria de la Teoría de los Marcos Relacionales a la literatura!

Hay que detectar que no sólo percibimos estímulos sino también la relación entre los estímulos

Primero, saber cómo las palabras producen imágenes (las migajas del gran hotel de Cabourg). En primer lugar, hay que detectar que no sólo percibimos estímulos sino también la relación entre los estímulos. Cuando vemos una manzana en un árbol, no percibimos únicamente las características propias de cada una de las manzanas. Las vemos igualmente en comparación las unas de las otras. Vamos a juzgar esa manzana más gorda que ésta otra, más alta en el árbol, menos roja, etc.

Entre estas relaciones, la más simple –pero también una de las más potentes- es la relación de equivalencia. Un estímulo es equivalente a otro. El truco de magia tiene origen en el hecho que dos estímulos en relación de equivalencia comparten la mayoría de sus propiedades. Si llegando al Club Med les dieran un collar de perlas y les explican que cada perla vale 10 euros – es decir que ponemos cada perla en equivalencia con un billete de 10 euros-, tendrán cuidado de no perderlo, como si estuviese compuesto de verdaderos billetes de 10 euros, aunque sepan que el objeto cuesta muy poco en sí mismo.

Las palabras son estímulos (sonoros, escritos) puestos en equivalencia con otros estímulos (objetos, lugares, emociones, pensamientos, etc.). Adquieren así una parte importante de las propiedades de lo que designan. Las migajas sobre una mesa son estímulos a los que han accedido anteriormente por la vista (quizás por el tacto y el gusto igualmente). Sin duda alguien ha puesto en equivalencia la palabra “migajas” y la experiencia visual (táctil, gustativa) que tuvieron (“¿has visto todas esas migajas, Clara?”, “no eches migajas por todos lados Clara”, etc.). La palabra “migaja” ha cogido las propiedades de esta experiencia sensorial. Escuchar o leer [1] la palabra “migaja” puede ahora evocar en vosotros la imagen del estímulo que designa.

Vuestras migajas están ahora definitivamente mezcladas con aquellas de Proust y no podrán voluntariamente librarlas de esa propiedad

Y el truco de magia sigue, ya que ¡compartir las propiedades funciona en los dos sentidos! En la Teoría de los Marcos Relacionales, hablamos de la implicación mutua entre los estímulos puestos en relación. En consecuencia, ver las migajas evocará ciertamente en vosotros la palabra “migaja”, de manera automática. Así, las primeras migajas vistas después de la lectura del pasaje de Proust evocarán ciertamente ese momento del libro donde Proust describe las migajas sobre una mesa del gran hotel en Cabourg. Si vuestro recuerdo es aún lo bastante vívido, escucharán resonar las frases exactas de Proust. Las imágenes que os habéis forjado al leer pasaran de forma furtiva en vosotros. Si esta experiencia atrae vuestra atención – digamos que os sorprende, u os impresiona, incluso os irrita- vais a pesar de todo a analizarla, o buscar como rechazarla, reforzando aún más la relación que une las migajas que veis y aquellas descritas por Proust. En otras palabras, vuestras migajas están ahora definitivamente mezcladas con las de Proust y no podrán voluntariamente librarlas de esa propiedad.

Esa es la razón por la que, querido Xavier, cada vez que ve una mesa de final de comida, pensará en Proust, y eso no se acabará nunca. Y es la razón también por la cual pensaremos en usted, en Proust y en la Teoría de los Marcos Relacionales cada vez que veamos una mesa de final de comida.

Existe todavía mucho que decir sobre estas cuestiones, sobretodo a propósito de las relaciones que encontramos en las metáforas, de las cuales hacen gran uso los poetas y los escritores, o del carácter idiosincrático de las experiencias vividas en contacto con las palabras y cómo los escritores tienden a provocar experiencias comunes a la mayoría, o queda todavía por saber si el conocimiento de esos mecanismos rompen la magia de la literatura.

Sueño con el día en que nazcan colaboraciones entre brillantes letrados como Xavier de la Porte y especialistas de la Teoría de los Marcos Relacionales. Los terapeutas, que frecuentemente buscan las palabras justas para ayudar a sus pacientes, tendrían sin duda ellos también mucho que aprender de dichas colaboraciones.

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[1] El hecho que la palabra sea leída en vez de escuchada en el ejemplo de Xavier de la Porte añade un paso suplementario de transferencia de propiedades del estímulo a la palabra designada, pero no cambia el mecanismo. No he descrito este paso aquí para facilitar la lectura. Brevemente, consiste en una relación de equivalencia entre la palabra pronunciada y el estímulo que designa, y entre la palabra pronunciada y la palabra escrita, y, por la implicación combinada, entre la palabra escrita y el estímulo designado, con cada vez una transferencia de propiedades entre los estímulos implicados.

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