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LA PRIMERA EXPERIENCIA DE UN TERAPEUTA CONTEXTUAL


Hoy contamos con la reflexión de Asier Valera, alumno en prácticas, quien nos transmite el inicio de su aprendizaje de una manera personal y amena.

Me llamo Asier Valera, soy alumno del Máster Universitario de Terapias Psicológicas de Tercera Generación impartido por la Universidad Internacional de Valencia (VIU para los amigos) y lo que vais a leer a continuación es una reflexión, amena, cercana, acerca de mi primera experiencia terapéutica (clínicamente hablando) en el ámbito de las terapias contextuales.

Para empezar tendría que confesar que no es mi primera sesión terapéutica en esta rama de la Psicología, sino que es mi primera sesión terapéutica en general, con todas las emociones que conlleva el cara a cara con una persona que pide ayuda. Yo estudié el grado de Psicología en la Universidad de Málaga y me decanté en una especialización que a mi modo de entender se acerca mucho a algo muy importante para mi: atender a los problemas de los demás.

Si tú, intrépido lector/a, has tenido o tienes curiosidad por como un proyecto de terapeuta contextual sale adelante en su primera experiencia con un paciente y además no te gustan las arañas (o te encantan), sigue leyendo que tendrás algo en lo que pensar.

X es una chica con auténtico pavor a las arañas, desde las chicas hasta (obviamente) las grandes y peludas; yo ya sabía de este problema debido a que una amiga suya fue la que contactó conmigo para que la tratara. Un servidor siempre rumia acerca del nerviosismo que supone el primer contacto con las cosas importantes y en este caso no era para menos, este primer contacto con X era el momento más importante de mi vida. ¿Cómo fue el inicio de la sesión?, ¿qué sentí?, pues al principio lo típico como cuando tienes un examen, sobrecogimiento antes de la llegada de la paciente, repasando notas y notas, como si en ellas estuviera la respuesta, pero como pude darme cuenta después, la respuesta aparece en consulta, no en los apuntes.

Pero vayamos por partes, el primer contacto con X fue cálido, como si ya la conociera, y esto propició que yo me abriera más y que se desarrollara una relación terapéutica sana, porque sí, ávidos lectores, esta relación es quizá, lo más importante de todo, la llave que abre al paciente, y en cierto modo, nuestro primer objetivo en esta primera sesión era la recopilación de información, y si el paciente no se fía de ti como terapeuta ya podemos esperar sesiones lentas y poco productivas, y claro, no queremos eso.

X me contaba su problema (o supuesto problema), de como la presencia de arañas en su contexto le provocaban ataques de ansiedad, o lo que es lo mismo, que condicionaban estrategias de evitación muy aversivas (huida y cese de las actividades que hiciera en ese momento o petrificación y llanto en situaciones en las que no puede correr, todo ello acompañado de los síntomas fisiológicos asociados a los ataques de ansiedad: palpitación excesiva, sensación de ahogo, malestar corporal general, agitación…). Antes he discutido el problema como supuesto y es por una razón de peso dentro de esta rama de terapia y es que estas estrategias desadaptativas serán un problema si afectan a las actividades que realmente le importan, si el coste de respuesta es alto y no puede hacer lo que considera importante para ella, sus valores y metas.

Y aquí es donde incidimos en esclarecer esos valores, ¿cuáles son esas cosas importantes de su vida?, para ella el trabajo y su carrera profesional, ¿la presencia de arañas le impedía trabajar?, sí, por ende problema a la vista, ya tenemos algo real que tratar. Así que seguimos hablando de distintas áreas en las que las arañas afectaban negativamente a su conducta, básicamente para tener un análisis exploratorio del alcance del problema. Una vez hecho esto, ya teníamos una idea general de la situación de X, así que le expliqué que la evitación de esos elementos internos que surgían al ver una araña le provocaban alivio a corto plazo pero que a largo plazo no iba a servir para nada, entonces dije algo que la paciente no quería oír: “El tratamiento consistirá en una exposición a los estímulos que te provocan la ansiedad para minimizar las consecuencias de dichos estímulos, siempre a tu ritmo, paso por paso”. Imaginaos la expresión en el rostro de una persona que sabe que va a tener que enfrentarse a lo que más teme, lo que provoca que ella huya de una habitación o que la obligue a dejar de hacer algo tan cotidiano como conducir o ducharse, era inevitable.

Así que una vez le comuniqué la noticia, le expliqué que no iban a desaparecer esas sensaciones o pensamientos cuando viera una araña, pero que sí se iba a dar cuenta de ello e iba a aprender a aceptarlo y a vivir plenamente (promoviendo la aceptación), con lo cual a continuación buscamos juntos la meta terapéutica, el desenlace del tratamiento, la cima de la montaña y coincidimos ambos: poder regular su comportamiento frente al estímulo y en el caso de sentirse amenazada ser capaz de “reventar” una araña con el zapato. Suena un poco vulgar lo sé, pero a ella le encantó, ¿he mencionado que tiene pavor a las arañas?

Hicimos juntos el Cuestionario de Aceptación y Acción II (Bond et al., 2010) y el Modelo Hexaflex de Valoración de Aceptación y Compromiso (Chantry., 2013) y le mandé para casa un autoregistro de valoración inicial de la consulta de mi tutor de prácticas José Olid, así que teníamos información suficiente que analizar a priori. Acordamos el próximo día de consulta y nos despedimos, dando por concluida la sesión.

La primera sensación que tuve fue la de alivio, y no me avergüenza decirlo, alivio porque había terminado pero orgulloso de poder haber llevado yo solo una sesión, acercando la meta profesional un poquito más dando un paso, desde la distancia, ínfimo, pero de importancia monumental. He de decir que el poder haber puesto en práctica este tipo de terapia me ha ayudado bastante, no solo porque sea la primera que aplico (con conocimiento de las demás ramas) sino porque el planteamiento que ofrece es muy funcional y enfocado a las consecuencias, promoviendo un trabajo más directo, y ello me aportó más seguridad (dentro de la poca que sentía al principio).

Así que, querido lector, espero que haya disfrutado (o al menos no desistido) con la lectura de esta ligera reflexión y haya tenido una idea de como abordar un problema con este tipo de terapia; aconsejo experimentar una sesión terapéutica a todo psicólogo interesado en la materia y si eligen la terapia contextual será una decisión acertada.

Para nosotros está siendo un placer tutorizar a Asier, ¡el aprendizaje es mutuo!

Si queréis saber más sobre él, podéis consultar su perfil profesional en Linkedin

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