• Manuel Murillo

Una locura (o un ejercicio para entrenar la flexibilidad psicológica, según se mire)


Nuestro compañero Manuel Murillo nos comparte este excelente artículo, ¡deseamos que disfrutéis tanto como lo hemos hecho nosotros!

La temporada estival trae un recuerdo a mi mente (permítaseme la licencia de utilizar el término mente en un blog de corte contextual en pro de lo literario). Las imágenes que de él se suceden en mi memoria tienen una predominancia cromática de blanco y negro. No es porque mis recuerdos tengan la apariencia de una película de 1920, sino porque el protagonista de ese recuerdo es un tablero de ajedrez en el que las fichas nunca se llegaron a colocar. Estaba de vacaciones con mis padres y mi hermana y estábamos cansados como para que no nos apeteciera salir de la caravana, pero no lo suficiente como para rendirnos al sueño. Ante las limitadas opciones de entretenimiento que ofrece el interior de una caravana, alguien propuso sacar un juego de mesa. Triste noticia: nadie se había acordado de traer juegos de mesa al viaje, salvo yo, que llevaba un pequeño tablero de ajedrez de piezas imantadas. Lo coloqué sobre la mesa y estaba empezando a distribuir las piezas cuando me preguntaron qué pretendía. Jugar al ajedrez por parejas, dije yo. Estás loco, me respondieron. Y era cierto: el ajedrez es un juego eminentemente individual, es decir, que no debe ser practicado por parejas. Uno puede forjar una estrategia que consista en los diez posibles movimientos subsiguientes al avance de un peón, pero toda esta estrategia se irá al traste si su compañero decide, en lugar de avanzar un peón, sacar el caballo. Aun así, insistí en probarlo para ver qué ocurría. Lo intenté todo. Intenté hacerles ver que el ajedrez puede ser tan complejo como uno quiere que sea, citando a Borges (Dios mueve el jugador, y éste, la pieza. ¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza?), pero me fue imposible iniciar aquella partida.

Hace poco, en mi labor como embajador contextual, fui partícipe de una conversación parecida. En una de las reuniones de los embajadores con José Olid y Paula Matoso, José trajo una idea de casa. Se trataba de trabajar, en parte, nuestras habilidades terapéuticas, pero, más allá de eso y con un mayor peso, nuestra flexibilidad psicológica. Esto nos lo hizo saber cuando, tras plantearnos en qué consistía la dinámica, alegamos que nos parecía una locura.

La dinámica (de role-playing) era la siguiente:

  • Un cliente acudía a consulta y había varios terapeutas (tantos como embajadores contextuales asistiesen a la reunión).

  • Cada terapeuta sólo podía realizar una intervención.

  • Si la intervención planeada consistía en realizar una pregunta, esperar la respuesta del cliente y entonces hacerle una segunda pregunta, el terapeuta no podría realizarla.

  • Debía confiar en que el siguiente terapeuta adivinase sus intenciones con la primera pregunta y, aprovechándola, diera el remate con la segunda que el primer terapeuta había planeado.

Así, la sesión transcurrió de la siguiente manera. El primer terapeuta hacía una pregunta y ya no podía volver a hablar. El cliente daba una respuesta. Cuando dejase de darla (o cuando el segundo terapeuta lo considerase oportuno), el siguiente terapeuta intervenía respondiéndole al cliente, comentando algo de lo que había dicho o bien realizando una nueva pregunta. Luego era el turno del tercer terapeuta. Luego, se volvía al primero, después de nuevo al segundo, etcétera. Tampoco podíamos hablar entre nosotros. Debíamos actuar como si fuésemos un único terapeuta y así tratamos de hacerlo, lo mejor que pudimos, gastando pañuelos cada vez que se acercaba nuestro turno para secarnos el sudor de la frente. El ejercicio era complejo hasta tal punto que agradecí no formar parte de una película de dibujos animados, ya que forzosamente me habría salido humo de la cabeza y el humo no me hace juego con los ojos.

Al principio de la sesión, la torpeza (operativizándola en titubeos y preguntas vanas) por nuestra parte fue inevitable. El objetivo último era hacer avanzar la sesión y trabajar con el cliente de manera coherente, pero la naturaleza de la dinámica hacía difícil no caer en el estancamiento y la conversación a tres conciencias intentando ser una resultaba a veces laberíntica. Poco a poco, sin embargo, fuimos cogiendo ritmo, desprendiéndonos de la inseguridad y bloqueos iniciales, y el caso comenzó a tomar forma:

Se trataba de un chico joven que había aceptado una ruptura en su momento, pero que a día de hoy aún no la había superado. Entre los tres (pero sin hablar entre nosotros), fuimos desgranando sus CCR1: vuelta siempre al mismo tema aunque se le preguntase por otra cosa, silencios prolongados que seguían cada vez que lo nombraba, un razonamiento excesivo de la situación, una negación constante de cómo se sentía en realidad (negación tanto verbal como no verbal), etcétera, así como su patrón funcional: se había apartado de los amigos con los que practicaba deporte usando falsas excusas (como que debía estudiar para las oposiciones), se había alejado de su grupo de estudio, intentaba estudiar pero terminaba dedicando tres horas a buscar a su expareja en redes sociales, etcétera. Tácitamente notamos sus contradicciones (decía que le gustaría saber por qué ella se había alejado de él, pero también decía que no quería saber nada) y se lo hicimos notar a él también, a lo que nos dijo que ya no sabía lo que quería.

Este ejercicio se prolongó dos sesiones. Lo interesante de la segunda sesión no fue, sin embargo, lo que logramos avanzar con el cliente. Lo interesante fue que, aun siendo la misma dinámica, toda esa torpeza que se había dado en la primera sesión menguó. Habíamos notado un avance en nosotros mismos, ya que nos encontrábamos más cómodos en un ambiente donde la dificultad era exactamente la misma. Entonces recordé cómo José nos había dicho, al exponer lo que en principio nos había parecido una locura, que, además de trabajar nuestras habilidades terapéuticas, íbamos a trabajar la flexibilidad psicológica, y supe que no había mentido. Tener herramientas como terapeutas no sirve de nada si no se sabe improvisar con ellas. En este sentido, la flexibilidad para trabajar con las herramientas debe ser una herramienta más, indispensable e irremplazable. Y, como todas las demás, conviene trabajarla. ¿Cómo hacerlo? Bueno, éste es un buen ejemplo de ello.

A veces, cuando estoy en la ducha, recuerdo conversaciones que tuvieron lugar meses o años atrás y me imagino volviendo a participar en ellas y no cometiendo los errores que cometí. El tiempo, largo o corto, y la experiencia, grande o pequeña, van a menudo de la mano del arrepentimiento, para bien o para mal. Y el tiempo y la experiencia que habían tenido lugar entre aquellas vacaciones y mi ducha de anoche me hicieron lamentar mi falta de recursos. Me soñé despierto, de nuevo, en aquella caravana. Y soñé que me preguntaban si acaso estaba loco. Y soñé que yo certeramente les respondía que no se trataba sólo de un juego en el que había que ganar, sino también de un ejercicio con el que mejorar nuestra habilidad psicológica. Y soñé que perdía, pero que no importaba, porque perder implicaba que se había llegado a jugar la partida.

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